Obra de José Aguiar (Cabildo de Tenerife)
Aparición de la Virgen a los guanches

La Leyenda

Sin haber entrado aún en la Historia, las Islas Canarias están presentes en la leyenda como aquellas tierras míticas que se encontraban más allá de Las Columnas de Hércules, del estrecho de Gibraltar, camino del Mar Tenebroso. Aquí situaron muchos autores clásicos el Paraíso, los Campos Eliseos o el Jardín de las Hespérides, aunque uno de los primeros testimonios fiables sobre las Islas se lo debemos a Plinio, que en el siglo I, nos habla de una expedición enviada por el mauritano rey Juba, de la que le llevaron como recuerdo de la aventura, unos enormes perros de los que se deriva el nombre del archipiélago: Canarias, de can o canes. Hay, todavía, soberbios ejemplares de una raza autóctona de perros de presa isleños, de fiero e impresionante aspecto, llamados verdinos (o bardinos, según las islas).

No es de extrañar que, en las primeras narraciones legendarias o históricas sobre Canarias, se hiciera casi siempre mención a Tenerife, a la que se denominó también Nivaria, puesto que, en estas latitudes, la estampa de una enorme montaña nevada, visible desde muchos kilómetros a la redonda, emergente por encima de las más elevadas nubes, debía impresionar vivamente a aquellos antiguos navegantes.

LOS GUANCHES

Hasta su conquista por los europeos, que se prolongó a lo largo de casi todo el siglo XV, las Islas estaban habitadas por una población, posiblemente de origen norteafricano.

Los guanches - moradores prehispánicos de Tenerife - vestían toscamente con pieles y todo apunta a que ignoraban el arte de la navegación. Sin embargo, enterraban cuidadosamente a sus muertos, momificándolos, con técnicas muy eficaces, en algunos casos, y tenían un gusto especial por los adornos. Trabajaban el barro - aunque desconocían el torno - y sus lanzas (añepas) acababan en afiladas puntas naturales de piedra volcánica.

Muchos autores antiguos - y aún algunos modernos - opinaban que las islas Canarias serían los restos visibles y más elevados de un continente hundido: La Atlántida. Y los guanches serían los descendientes de los atlantes. Los hijos y nietos de los habitantes de las montañas de aquel lengendario mundo, quienes, de pronto, tras la hecatombe, se habrían visto transformados en isleños a su pesar. L a incapacidad marinera de estos pueblos y su falta de comunicación entre islas que, sin embargo, se divisan entre sí a simple vista, además de la enorme estatura de algunos guanches -si hemos de dar crédito a ciertos testimonios, los gigantes menudeaban en las islas-, hacían atractivas estas hipótesis escasamente científicas

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